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Liderar las emociones para fluir en un mundo cambiante



Esta semana terminé de ver una serie llamada “The Bold Type”, que narra las vivencias de tres jóvenes que se abren camino en una revista feminista de Nueva York, liderada por Jacqueline Carlyle, un personaje que sencillamente es la jefa soñada: exigente, con una carrera brillante, de carácter fuerte, pero también asertiva, inspiradora, preocupada por las personas. Demanda excelencia, pero también ayuda a superar los errores. Así, si bien en una primera instancia da la impresión de que Carlyle es una imitación del inolvidable personaje encarnado Meryl Streep en El diablo viste de Prada, con el avanzar de la historia la diferencia entre ambas queda de manifiesto: el manejo de las emociones. Miranda Presley niega las emociones tanto para ella, como para su entorno, envolviéndose en un aura pétrea que intimida e infantiliza los demás; Carlyle, en cambio, gestiona las emociones, sin que eso le quite un ápice de autoridad e influencia.


Miranda y Jacqueline son personajes ficticios inspirados en grandes mujeres muy reales, con estrategias claras y definidas. Y, en la vida, cada persona, de manera más o menos consciente, elige su propia estrategia. Es ahí donde entra el coaching.


El coaching es un proceso de transformación y, lo irónico, es que nos transforma porque nos hace encontrarnos con nosotros mismos. Durante nuestra vida nos construimos según nos educan nuestros padres, familias, colegio, sociedad. Nos adaptamos y, muchas veces, nos sobre adaptamos en los distintos ambientes.


En esa carrera coartamos nuestro manantial infinito de emociones, lo demonizamos y construimos grandes diques para contenerlas y ocultarlas, creyendo que así seremos más eficaces y aceptados. Sin embargo, nos arriesgamos a que siempre haya un terremoto, una tormenta, que desplome nuestras torres, y el agua reviente en trenes de olas imposibles de manejar.


Justamente, ahí interviene el coaching que nos abre la puerta para la validación de nuestras emociones. Así, comprendemos que podemos darle gracias al miedo por mantenernos seguros; al enojo por hacernos enfrentar situaciones que nos dañaban; a la tristeza y la soledad por darnos momentos de introspección.


Liderar las emociones permite que manejemos esas aguas dentro de un cauce que a veces puede ser tortuoso, pero que nos alimenta y nutre para ser individuos veraces, empáticos y alineados con nuestro propio ser interior. De esta manera, cultivamos formas auténticas de liderazgos que nos permiten hacer frente a un mundo en constante cambio.

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